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Conciliáre

Mis Dos Personalidades Erráticas

 

* Lenguaje elevado. Se recomienda discreción.

 

Salí del vientre de una mujer así, y cuando así sucede la perspectiva cambia. Diferencias trotan sobre el camino tortuoso de cuando la sangre está mezclada. La fusión más allá del sendero labrado consigna la verificación de la verdad inamovible. Sin derecho a escoger, desvelo la personalidad precursora, errática e ipso facta.

 

Tampoco pedí tener un gobernante así. Me gobierna. Cinco semanas, tiempo preciado para entender. La figura paralela errática intenta regir mi perfil cotidiano. Cual gacela la rebeldía blinda mi alma cuando él se revela. Los miedos transmutan y las réplicas relinchan.

 

Ofelia es mi madre y Andrés Manuel mi presidente. Mismo paisaje. Problemáticos los dos, personalidades erráticas las dos... Seco es el camino, seco es lo que consiste.

 

Ególatras entusiastas emprendedores originales, desamorados sin carisma, veneran el conflicto bajo sometimiento triangular. Su proyecto narciso se basa en el camuflaje, simulación con doctorado. El origen hiriente radica en la descalificación, tramado neurótico aferrado a su visión unipolar, siendo el señalamiento el ataque preciosista al intento de la voluntad ajena. Las verdades múltiples y valores multifacéticos son su profundo temor, meneando el cascabel que expulsa veneno si tan solo te mueves, si miras fijamente o parpadeas.

 

Atacan frontalmente. Con impulso. Provocadora imprudencia verbal. Denotan falta honda de inteligencia y ejercicio de estrategia. Gozo perverso al asustar. Violan la armonía y la convivencia. Producto adolescente del caos hormonal que sostiene un hilo cada proceso indefinido. Su necesidad imperante de marcar madurez radica en el virtuoso disfraz de la traba evolutiva que anuda su sombra.

 

El elemento sorpresa es disfrute pleno, perenne orgásmico, desmembrando la ética y el sentido flexible. Generar polémica posterior al sobresalto inunda su mórbida pasión, acariciando las ondas gélidas insanas de su insensatez. Rasgar y ultrajar calman la sed de sus complejos. Su grandeza idílica obedece al infante berrinche que habla por ellos.

 

Jamás piden perdón, mucho menos rectifican. Seria ir en contra de sus cimientos flácidos. Construir laberintos y desdoblarlos es piso seguro para su retórica especulativa. Convierten a la galaxia completa en eso, en laberinto. La sencillez emerge como verdad enemiga a su esencia torcida. Así se entretienen.

 

Guionistas de telenovelas baratas. Miles de analfabetos. La caridad se vuelve soborno, amarre al ego con sonrisas y acarreados. Le temen a la soledad. Mas valen mil aplausos hipnóticos que una reflexión autocrítica. Que pinche calidad de vida.

 

Rapaz el estilo que ostentan arrastran enemigos rasgados por maltrato. La iniciativa cabal labrando oficio e identidad, oponiéndose por esencia a aquella barbarie adormecida. Manipuladores con hábiles vocablos. Cero negociadores.

 

Ofelia la culebrilla, insaciada máscara. Andrés, soberbio embustero. Ingredientes del perfil. Ya no habrán sorpresas. Son así.

 

¿La gente se mata por esto sabes? La efímera destreza crea bombas de tiempo. Invita al aislamiento danzando con la muerte. La calaverita ha rondado varias veces y aunque no perezca, el frágil semblante de ambos manifiesta su lúgubre ejecución. Diario a las seis de la mañana, Ofelia desayuna con Andrés.

 

Huye, huye… Me orienta mi conciencia todo el tiempo.

 

 

Darián Stavans

El Moche

 

 

Me tocó el asiento junto a la ventana en el avión. Ibamos todos, mis padres mi hermano mayor mi hermana menor y yo. Era temprano, una de esas mañanas pardas cuando los cielos de verano están nublados y contaminados, dejando entrever por la ventanilla de la aeronave la Ciudad de México de los años setentas donde de por si todo era igual, pardo. Mis padres habían planeado un viaje a Las Vegas junto con unos amigos que también volaban con nosotros. Nunca entendí porque nos llevaron a ese viaje ya que esa ciudad de vicios, excesos y diversiones para adultos, no ofrecía ningún atractivo turístico para niños en ese entonces. Pero bueno, ahí íbamos la familia.

 

Si hoy me parece espantoso tal montaje artificial digno de la cultura estadounidense, a los nueve años con las inquietudes de un pequeño, me incomodaba de sobremanera estar ahí. Mi temperamento ya formado reaccionaba en automático a aquel mundo schick y glamoroso. Tanto pinche foco, tantas ligerezas banales y maquinitas ociosas para perder dinero a lo tonto, dinero que cuesta trabajo ganar, me pegaba directo en el talón de Aquiles. Ser hijo de un actor y estar ahí… que horror!

 

Una noche mis padres bajaron a jugar a las maquinitas, las famosas “slot machines” instaladas en el hotel y nos dejaron a los tres en el cuarto. Pidieron al restaurante servicio de “room service”, un par de emparedados para mi hermano y para mi, y dejaron dormida a mi hermana. Antes de bajar me explicaron que cuando llegara el servicio, el mesero traería consigo la cuenta y que solo había que firmar el papelito para que se cargara directamente a la habitación. Lo entendí perfectamente.

 

Después de una hora tocaron la puerta. Era un viejito gruñón que traía la orden. Dejó la charola con malos modos encima, ahí donde instalan las teles en los hoteles. Sacó una pluma de su saco y me la dio junto con la cuenta para firmarla. Se la pasé a mi hermano para que él lo hiciera. Según las instrucciones de mis padres ahí terminaría la historia pero el mesero siguió, alterando el buen humor que teníamos en la habitación diciéndonos: ¿Do you want to leave a tip for the waiter? Mi hermano y yo no le entendíamos nada y este tipo insistía: ¿Do you want to leave a tip for the waiter?, decía cada vez más enojado. Mi hermano me miraba confundido sin saber que hacer. ¿Que le decimos?, me dijo preocupado. De pronto el tío este salió de la habitación encabronado y mentando madres.

 

Minutos después comiendo el sandwich entendí lo que nos pedía el mesero e interrumpí abruptamente a mi hermano para decirle: ¡Nos estaba pidiendo dinero por habernos traído la cena al cuarto!, le dije en un sobresalto. Exacto, eso era. Mi hermano lo confirmó con una mueca estoica afirmando lo que había dicho y si, cuando mis padres regresaron al cuarto les platicamos la escena vivida y me confirmaron que en efecto mi deducción era correcta. Esa anécdota marcó de por vida el primer contacto que tuve con la dinámica del “dinerito extra”.

 

He cuestionado el concepto “propina” a lo largo de los años, desde mi inocencia infantil hasta mis andares actuales. Creo que es un dinero que está fuera de los juegos que pactamos, de lo que establecemos en cada contexto. Es el germen del “moche”, el dinerito adicional donde es difícil delimitar cuando termina la gratificación y cuando empieza el soborno. Todo depende de que es de lo que se trate y de cuanto estemos dispuestos a pagar de más para obtener comodidad adicional, inmediatez, necesidad o voracidad, desafiando la vulnerabilidad entre lo permisible y el delito.

 

El “moche” resuelve cosas cuando no están resueltas institucionalmente, convirtiéndose indirectamente en un diagnóstico social. Si bien entiendo que las gratificaciones son parte de la condición humana dada la esencia progresista de las necesidades personales, a la vez observo que las culturas entre mas desarrolladas, menos recurren al “moche”, mientras que las de menor desarrollo requieren del preciado servicio para complementar las carencias.

 

Idílicamente peleo en mi interior con la “propina” y el “moche”, teniendo mas que claro que operan de manera distinta. La primera gratifica y la segunda corrompe. Sin embargo confieso que en la vida práctica las amo y las fomento a las dos, tejiendo el día a día en el país donde me tocó vivir. Aprecio los atajos creativos e inventivos para resolver productivamente las cosas, y la gratificación a ese universo es la remuneración. Todo se vale mientras nadie mate a nadie.

 

No he conocido sociedad sin “moche” ni escenario donde no se aplique. Los países más ricos lo son, porque su sistema alberga la discreción del dinerito extra dentro de su institucionalidad, mientras que por otros parajes del mundo, las culturas emocionales se divierten con las laniltas, empezando por el lenguaje suculento, que permea la identidad de arriba hacia abajo, como se barren las escaleras.

 

 

Darián Stavans

El Presidente en City Market

 

 

Hace una semana, el pasado tres de enero recién entrado el año nuevo fui a hacer compras a City Market de San Jerónimo en la Ciudad de México. Eran cuarto para las seis de la tarde, hora en que la parda luz de invierno se va extinguiendo para dar paso a la iluminación artificial con harto brillo que endulza el marketing pomposo de la temporada de fiestas.

 

Esa tarde Lorena y yo la habíamos destinado a comprar los insumos para una cena que cada año ofrecemos al doctor Andrés Catzín, el doctor que le salvó la vida a Lore hace casi dos años sobreponiendo su calidad profesional ante cualquier distracción mundana cuando resolvió aquella embolia que casi la lleva al otro mundo. Año con año invitamos al doctor Catzín y a su esposa a manera de agradecimiento reconociendo el parteaguas invaluable que representa en nuestras vidas.

 

Entrando a City Market del lado izquierdo está la sección de frutas y verduras. Como era de esperarse había gente, no como había imaginado antes de ir pero si, bastante gente. Yo cuidaba el carrito y Lore iba y venía por los ingredientes para la ensalada, y mientras estaba parado ahi junté dos kilos de mandarina de esta que le dicen reyna, fruta que se ha convertido en mi favorita de la estación.

 

Como ya es tradición, estaba absorto en mis pensamientos, lo cual provoca un distanciamiento con el mundo que me rodea. Lore ya se la sabe y siempre se burla de mi diciéndome que seguro estoy creando mis sinfonías en la cabeza… jeje. A diferencia de otras veces que ni me inmuto, en esta ocasión sentí una extraña reverberación debido a la presencia de un individuo que a menos de un metro juntaba en una bolsa un kilo de limón.

 

Era un hombre mayor con vestimenta casual en tonos grisáceos con cana plateada ondulada y de lentes. Se le veía concentrado, también absorto en sus pensamientos, contando matemáticamente los limones. Era el expresidente de México el doctor Ernesto Zedillo que por lo que parecía también estaba comprando los insumos para la preparación de alguna celebración de temporada.

 

Varios segundos me tomó rectificar que en efecto se trataba de él ya que las últimas imágenes que guarda mi mente son de hace veintitantos años cuando era presidente. Supuse que llevaba rato en el super porque su carrito estaba lleno. Aunque iba acompañado de un chico que supongo era su nieto o tal vez su ayudante, él llevaba el carrito de un lado a otro caminando con prisa pero sin prisa a la vez, no se como explicarlo, es un sensación.

 

No sabía si acercármele o no. Por un lado quería sacarme una selfie con él, está de moda, pero por otro lado aunque mi asombro era bastante galopante al no ver un equipo de guaruras alrededor, siempre piensas que tal vez haya cámaras escondidas y que si te acercas algo inusitado puede suceder, o simplemente vivir una desilusión ante una respuesta apática de su parte, no sé. El hecho es que no me acerqué, solamente lo miraba.

 

Tal como era su semblante cuando era presidente era su presencia en el super, discreto. Para mi ha sido el mejor presidente de México en décadas aunque sé que su figura política es polémica, y si, la crisis que  envolvió a su gobierno tocó fibras tortuosas para todos, pero hoy a la distancia aprecio y aprendo tanto del famoso error, como de los sólidos remiendos institucionales que hizo y que hoy gozamos los mexicanos como son la autonomía del Banco de México y del IFE ahora INE, la creación del ahorro para el retiro, la reestructuración más sólida de la banca privada en la historia de México, así como muchos otros mecanismos de ligas mayores que edifican a este país.

 

Me volví a encontrar varias veces al doctor Zedillo en los pasillos del super, y así como me lo encontraba mi mente no dejaba de pensar en la cirugía mayor que tuvo que hacer para salvar a México en aquel momento, parecida a la que hizo el doctor Catzín con Lorena para salvarle la vida (caben sus diferencias), donde por segundos se determina todo el destino en cuestión.

 

Tarde de doctores esa de hace ocho días en el super. ¿Serán seres superiores estos cuates? Porque así los imaginamos, pero a la vez te los encuentras en el super tan comunes y corrientes como cualquiera de nosotros… La verdad solo hacen su chamba y es que es uno por necesidad, quien deposita tanta ilusión y expectativa en ellos.

 


Darián Stavans

Mexico Unlimited

 

 

Buenas tardes, soy Fabiana Hernández Franco, directora del segmento Premier del banco, me dijo atenta. Tengo el gusto con el Sr. Darián Stau…. Slomi…, discúlpeme, es que está muy difícil su nombre completo. ¿Como se pronuncia?, preguntó. Darián Stavchansky Slomianski, respondí, pero puedes llamarme por mi primer nombre, agregué. ¿De que origen son sus apellidos Sr. Darián?, preguntó inquieta. Son polacos y rusos, de mis abuelos, contesté. Yo soy de Copilco, junto a C.U., me tocó arrastrar los apellidos pero soy cien por ciento Hecho en México, agregué bromeando. Me encantaría llamarme como usted, dijo. Es único, distinguido, en cambio mi nombre es común y corriente, me decía atormentada. ¿En que puedo ayudarle?, finalmente preguntó.

 

Le di los datos de mis cuentas y algunas instrucciones de alta de servicios. La percibí capaz, bastante preparada para un puesto burocrático de una sucursal bancaria. Se le notaba ansiosa, inquieta, algo nerviosa, conducta extraña por lo menos para mi percepción para el cargo que ocupaba. Se entretenía con lo mío, tomaba llamadas en el móvil y de forma insistente mostraba interés en querer entrar en plática.

 

¿Como ve la situación del país Sr. Darián, esto de la transición presidencial?, me preguntó después de iniciar los trámites bancarios que le pedí. Sabe, yo voté por López Obrador y ahora me arrepiento, dijo. No sabe cuantos de mis clientes han venido a la sucursal desde que anunció lo del aeropuerto a sacar su dinero, eso es lo que me trae nerviosa porque no puedo cumplir las metas que me pone el banco y me pueden quitar el puesto en cualquier momento. Además, no se si le tocó la crisis del noventa y cinco, yo era muy jovencita pero a mi papá le acabó dando hasta un infarto, imagínese.

 

Me le quedé viendo a los ojos por cinco o seis segundos, lapso que a ambos se nos hizo una eternidad. La observaba y deducía el contenido emocional que tenían sus palabras. Sabíamos los dos la diferencia de edades que nos separaban y al mismo tiempo sentíamos que esa diferencia nada influenciaba en lo que estábamos planteando.

 

Contestando a tu pregunta Fabi, yo no voté por Andrés Manuel pero entiendo la fenomenología del porque llegó al poder, lo que representa y la envergadura de los calambres que está metiendo, le seguí la conversación. 

 

México es un país sin límites, para un lado y para el otro. En México contamos con los empresarios más empoderados del mundo cuyas riquezas ofenden, políticos armados con las redes corruptas más voraces que tienen una capacidad de penetración inimaginable, le decía ya bien entrado en la plática. Por el otro lado el pueblo, uno de los más nobles y serviciales, que a su vez padece de la peor autoestima y dignidad, tanto así que tan solo llegan los de afuera y de entrada les llaman jefe o patrón, imagínate!, dije. La opulencia extrema a costas de la austeridad asumida!, concluí.

 

De nuevo un silencio de seis segundos ahondó en nuestras miradas. Entonces retomé: La mancuerna perfecta que provoca los excesos más perversos en ambos sentidos, derecha e izquierda, conductas ilimitadas e ingeniosas agarradas de la mano con ideologías grotescas las que día a día se ven aquí!, rematé algo alterado.

 

No te preocupes Fabi, dije después de una pausa, no es nada nuevo, de hecho en México no ha pasado nada nuevo desde la Malinche…, yo hablaba y ella sonreía. En México nos reímos de nuestra tragedia, parecería una cualidad pero en realidad es el peor de los defectos, aseveré. La ley del péndulo, de verdad no te preocupes, ya sabes quienes son los iconos emblemáticos de la riqueza, ahora le toca a Andrés dignificar a un pueblo que al final lo volverá todo a otorgar, una y otra vez, solo cambian los nombres!, finalmente terminé ya bien entrado en la plática porque nos interrumpió el gerente de la sucursal para completar un trámite bancario de otro cliente.

 

Antes de despedirnos, Fabiana se levantó de su escritorio y asustada me dijo: Sr. Darián, que loco es todo esto que dice, en México ni el clima tiene lógica! A lo que le respondí: No te confundas Fabi, ni es tan loco lo que digo y la lógica de los que aquí vivimos es clara y contundente, tanto para los que se apellidan Hernández Franco como para los Stau…. Slomi…, y sonreí.

 

Salí del banco y hacia frío, pero mucho frío, algo atípico para la Ciudad de México. Paradojas que dan miedo.

 

 

Darián Stavans

Los de Abajo

 

 

Plaza San Jacinto es un jardín público bastante peculiar en la Ciudad de México. Pertenece a San Ángel que es una de las zonas residenciales más pudientes de la urbe y al mismo tiempo la separa una cuadra de Avenida Revolución a la altura del Paradero Las Palmas que es una base de camiones y colectivos de transporte muy concurrido y a decir verdad medio violento.

 

Los comercios establecidos alrededor de la Plaza San Jacinto son exclusivos, dignos de la zona, con precios fresones casi como de Rodeo Drive, y a cien metros alrededor del paradero, están establecidos puestos callejeros con mercancía pirata y pornográfica nadando en basura, donde las leperadas son la ley. El contraste es abismal.

 

Es poco usual que haya ido caminando. Es que estoy de vacaciones y tengo el tiempo mas no la paciencia para andar a pie por la ciudad. Tomé una banca luego luego llegando a la plaza y me senté agotado. No disfruto caminar en México. La ciudad no está diseñada realmente para nada seamos honestos, mucho menos para caminarla, y si a esto le sumamos mi nefasta condición física, da como resultado una sofocación nada disfrutable.

 

Que gusto verte!, me dice de pronto alguien que atraviesa la plaza. Era mi amigo Tony, hace años que no lo veo. Tony me compraba discos compactos para venderlos en su librería que tenía en Coyoacán, otro lugar famoso de Ciudad de México. Me levanté de la banca y nos dimos un fuerte abrazo mientras comentábamos los contrastes que se perciben en San Jacinto.

 

“Mientras no seas la persona más rica o más pobre del mundo siempre habrá alguien más rico o más pobre”, me gustó su comentario. Volteando y señalando varios sitios de interés se despidió rápidamente. Partí en seguida porque en realidad iba a la oficina de correos a recoger un paquete. El correo se encuentra a la mitad de la cuadra entre la plaza y la avenida, entre el cielo y el infierno.

Atravieso la calle empedrada y meticulosamente me paso a la acera de enfrente ya que de no hacerlo hubiera tenido que librar a un “Homeless” que estaba tirado en la banqueta. Se ve que lleva ahí rato, pensé. Estaba sucio hasta las chanclas, drogado, tomado, y tenía heridas en la piel como consecuencia de la resequedad. Me rompió el alma.

 

Miraba el aparador de una tienda de ropa interior que la venden por docena en la contra esquina, cuando de pronto volteo y miro como le da de patadas un amigo al que supuestamente también es su amigo. “Ya párate de ahí pendejo…!", le decía dándole tamaño golpes. “Te va a secar el sol, guey!”, remató con una última patada. “Déjame en paz cabrón. Soy libre…!”, le dijo el indigente haciéndose concha nuevamente en el asfalto.

 

Pasé rápido al correo, regresé a la plaza, vi la banca y me senté. Había prometido no escribir ni hacer nada importante porque decidí tomar mis vacaciones, pero escribir compensa. Al terminar mi redacción y reponiéndome de la escena que había presenciado, pensaba una y otra vez, ¿Será libre como dice este cuate? Uff... que difícil, ¿Donde ubico a este sujeto dentro del espectro de la frase de Tony?… No sé, cabrón… no sé!

 

 

Darián Stavans

La Pasión Según Francisco

 

 

El abanico otoñal hace su presencia. Las tonalidades frías dejan atrás el agua pomposa de verano y con puntualidad se manifiestan. Irrumpo en un café a plena mañana en una zona de la ciudad, acto poco frecuente de mi estilo. Denoto el ritmo comprometido del horario donde la gente de gris y la no tan de gris corre apasionada a cumplir con las tareas técnicas del quehacer cotidiano.

 

Las once treinta, no es mi horario de confort. El sol punzante no calienta y hiere la vista. Recojo el café y un pan dulce. Cuento con suerte de encontrar una mesa disponible al rincón del local y la ocupo, espectro que da lucidez a mi mente, bálsamo que la urbe con prisa y ajetreo le arrebata.

 

Me abstrae el mundano ir y venir. Pierdo la mirada en las aguas turbias del café al diluir el endulzante. Recuerdo entonces a Francisco, profesor de análisis y teoría de la música, quien fuera en mis tiempos mozos aquel que me dotó de finos conocimientos de armonía y contrapunto en la facultad de música, allá por los años ochentas. Hombre lúcido, de carácter histriónico, inteligente y feroz.

 

“De joven tienes la pasión pero te falta la técnica y en la madurez tienes la técnica pero te falta la pasión”, solía decirme cuando describía el estilo musical a lo largo de la historia. “En la vida pasa lo mismo, ya verás”, me decía, ahora porque tus “Don Juanadas” no te permiten ver con claridad pero con el tiempo entenderás.

 

Las cinco treinta y cinco de la tarde, de nuevo en un café. En esta ocasión, solitario. Mi horario de confort me premia con reflexión y sensatez. Coloco los audífonos en el móvil, abro la plataforma musical y escucho el primer concierto para piano de Brahms. La pasión de los años juveniles del músico caen precipitados en cada frase musical. El piano y la orquesta tejen una cópula legítima con el espacio. La pasión se desborda!

 

De manera automática continúa la música, de Brahms, el segundo concierto para piano. Se impone la técnica y por supuesto la madurez, en la música y en el individuo. Veo al hombre con sus blancas barbas caminando apoyándose con su bastón. La lógica se impone ahora en cada secuencia auditiva y la cautela lanza su razón, nota tras nota el piano con la orquesta rebasan el cálculo, fríamente. La técnica acalambra con su belleza!

 

¿Será que Francisco tenía razón, tan puntuales son las cosas?, pensaba cuando irrumpió la pista del primer movimiento de la cuarta sinfonía, también de Brahms, aquel espacio musical que ha trascendido los siglos. Es la última obra sinfónica que escribiera aquel icono del romanticismo. Hombre adulto dibujando el pentagrama, técnicamente apasionado, este, el de la cuarta sinfonía.

 

Terminó la música. Lentamente me levanté al descubrir que ya era de noche. Pensaba, claro en Brahms y en Francisco, y me dije a mi mismo: “Los extremos no existen, todo es una gama de grises…!

 

 

Darián Stavans

Jugada Maestra

 

 

Desde que escuché su voz en el interior de la casa supe que sería algo especial. Siete y cinco de la mañana, doce minutos después de que su gente rompiera las cerraduras, subió tempestivamente al primer piso y ahí, junto al comedor lo vi por primera vez. Fernando ejercía su papel con alta destreza ejecutando con carácter recio y a la vez condescendiente la supuesta sentencia condenatoria: Agarren rápido sus cosas personales!, carteras, celulares, metan a los perros y a los canarios a la camioneta y salgan de inmediato! Su voz punzante, algo afeminada rasgaba mis oídos. 

 

Subió y bajó varias veces los tres pisos de la casa dictando datos jurídicos, tecnicismos que ensombrecían aquella escena apocalíptica. Ruido, mucho ruido. Voces que decían cosas. Unos hablaban con otros tan rápidamente que resultaba casi imposible distinguir palabra alguna.

 

De pronto Fernando se detuvo, justo en frente a mi piano y al verlo cambió súbitamente su estado emocional. Me gusta tu piano!, dijo sonriente al deslizar sus dedos por las teclas produciendo sonidos musicales que algo templaron el caos matutino. Sabes, aparte de abogado soy un profundo amante de la música, dijo, y de hecho estoy por abrir una universidad privada en donde se impartirán asignaturas artísticas, por supuesto musicales: piano, canto, violín, composición!, concluyó emocionado.

 

Conozco bien tu música Darián Stavans!, todos los días la escucho en tu canal de YouTube, me decía paradójicamente emotivo a la par del ejercicio jurídico que establecía. Es estupenda… y he aquí el instrumento inspirador!, se refería al piano. Me gusta, me gusta mucho! 

 

Siete minutos después estábamos Lorena y yo, los perros y los canarios dentro de la camioneta en la calle afuera de la casa. Fernando cerró el inmueble velozmente con nuestras pertenencias dentro y sacudió a su gente con palabrería y media. Instantes después tocó en el vidrio delantero de la camioneta. Llámame a las doce y negociamos!, dijo con voz áspera y se fue.

 

La luz de las ocho de la mañana teñía de horror aquel momento. Un silencio sepulcral rodeó la zona. Nadie en la calle mas que nosotros y una patrulla de la fuerza pública haciendo rondines cada tres minutos. Encendí el auto, llevé a los perros y a los canarios a una pensión y de ahí al hotel. Hacía frío y llovía poco.

 

Voy a regalarle el piano a Fernando como parte de las negociaciones!, le dije a Lorena unos días después. Jamás vas a hacer eso!, me respondió. ¿Ese patán se va a quedar con tu piano, donde has creado toda tu música, para tenerlo arrumbado en su mugre escuela? Primero pasará por encima de mi antes de que eso suceda!, enojadísima me decía desayunando en el hotel. Cinco semanas de estire y afloje arroparon el ambiente, negociaciones filosas, avanzábamos lentamente.

 

Oye Fer, me gustaría donar mi piano a tu universidad, hacer felices a tus alumnos de las asignaturas de música!, tomé una mañana el móvil y le mandé un WhatsApp. Si lo quieres donar, yo encantado!, enseguida respondió. A los tres días nos dio acceso a nuestras pertenencias. Al mismo tiempo una mudanza se llevó el piano, él la contrató.

 

La música da paz y alimenta al alma, lo digo a menudo. Ese mismo piano con el que he compuesto mis obras musicales, garantizó mi paz interior labrando el camino hacia nuevos horizontes. No lo tengo fisicamente, lo llevo dentro. Lorena dice que me va a regalar uno nuevo de un cuarto de cola. Solo necesito un piano, vertical o de cola me da igual la verdad, porque como aquel que se llevó Fernando, la música como el piano, también la llevo dentro.

 

 

Darián Stavans

Trabajo Sucio

 

 

Subí por el elevador al piso veintiocho y me la encontré tan pronto se abrió la puerta. 

 

Le dicen Maguito. Dan las nueve de la mañana en punto y comienza su rutina de limpieza, Es la dueña del piso, así es como se identifican en el pizarrón de aseo en el hotel. Su carrito es su compañero de trabajo. Dan las seis de la tarde y suena fuertemente el golpe del candado contra la puerta del casillero donde lo guarda.

 

Buenos días Sr. Darián!, durante cinco semanas a cualquier hora del día exclamaba sonriente al verme. Dejaba impecable la habitación con aroma familiar colocando una flor en el buró de Lorena y un chocolate en el mío. Nos hicimos amigos.

 

Unos días dejó de ir. Inmediatamente bajé a recepción a investigar. Su padre había fallecido. Tres días de ausencia se me hicieron una eternidad. Al verla de regreso la abracé, la consolé, y a cambio sentí seguridad.

 

Usted me perdone por no haberle hecho el trabajo sucio tres días, me dijo. Trabajo sucio? exclamé! Jamás vuelvas a decirle así al oficio más indispensable del mundo. Imagínate tres días sin limpieza en las casas y en las calles, los grandes corporativos se paralizarían. Sin tu trabajo el mundo se detiene Maguito, le dije con determinación.

 

Coincidió el día de mi salida con su día de descanso, no la volví a ver. Un día de estos iré a verla y le explicaré que los trabajos sucios los hacen otros, estos de cuello blanco, y que gracias a ella y a cada dueña del piso que le corresponde, el hotel funciona sincrónicamente como un reloj.

 

Deberían de ser los puestos mejor pagados, irónicamente es todo lo contrario, pienso a menudo. Gracias a Maguito tuve la estabilidad durante cinco semanas para negociar trabajos sucios y hoy gracias a ella estoy en casa. Recuerdo con frecuencia las tres jornadas de su ausencia y lo sucio que estuvo el hotel esos días. Que irónica que es la vida!

 

 

Darián Stavans

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